Camping bajo techo

Estos días hace un año que nos mudamos a vivir juntos. Después de tomar prestada la furgo de Rubén, el hermano del novio, y de traer todos los bártulos que tenía la novia en Madrid, nos instalamos en nuestro piso. Eran días fríos, como el de hoy. Lo cual fue una suerte, ahora veréis por qué.

Nos mudamos a un piso vacío, sin cocina, con muebles prestados y con mucha historia. Como no teníamos nevera, los padres del novio nos acogieron durante quince días para darnos de comer. Para cenar, nos remediábamos con el pan y embutido del que nos aprovisionaba la madre de la novia. Una caja de plástico, de esas de organizar cosas, nos servía de nevera en el balcón.

Poco a poco íbamos montando el salón, en el que una caja de cartón nos servía de mesita. Tapizamos unas sillas de hace más de 20 años que nos regalaron los padre del novio. La verdad es que son muy bonitas y les hemos dado una segunda juventud. Con lo que nos sobró, forramos los cojines del sofá. Aquello tomaba forma. Fuimos equipando cada habitación e incluso uno de los baños, con una ganga que encontraron los padres de la novia.

Dos semanas después, nos montaron la cocina y dieron de alta la calefacción, así que aquello dejó de ser un camping con techo para ir trasformándose en un hogar. Hoy en día seguimos con nuestros sueños, esos no cambian ni se acomodan.

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